En este número de Conexión Industriales vamos a profundizar sobre un tema muy tratado en prensa y a nivel político, la industrialización, pero del que se dan pocos ejemplos concretos sobre cómo ponerla en práctica.

No obstante, antes quiero recordar a Jordi Guix, magnífico ingeniero industrial y mejor compañero y amigo, que inesperadamente nos ha dejado estos días pasados. Decano del Colegio de Ingenieros Industriales de Catalunya, teníamos una relación muy estrecha debido a que también era presidente de AQPE, la asociación homóloga a AIPE que actualmente presido. Activo, alegre, incansable, siempre trabajando por mejorar la sociedad, es un claro ejemplo de alguien que estaba completamente involucrado en el proyecto de industrializar España. Recordaremos a Jordi con gran afecto y cariño.

Y, volviendo a la industrialización, el propio Ministerio de Industria publicó la ‘Agenda para la Reindustrialización de España’ pero, ¿cómo nos industrializamos? La industrialización de un país es directamente proporcional a su bienestar económico y para que haya éxito empresarial, la innovación y el trabajo son factores claves a tener en cuenta.

La innovación, en épocas de crisis, no supone un gasto sino pura supervivencia. Se ha observado estos últimos años que las empresas que más han innovado han aguantado mejor la crisis, tienen menos paro y más beneficios.

Es el medio del que deben valerse las empresas para obtener beneficios y si, como consecuencia de la innovación emprendida por la empresa, no se obtiene beneficio, estamos ante otra actividad que puede ser investigación, pero no innovación. Es decir, los resultados de la innovación tienen que impactar en la actividad económica, tienen que verse reflejados en la facturación y en la cuenta de resultados final. Asimismo es clave que haya cierto ritmo constante de innovación que motive y mantenga la competitividad del sector industrial.

Por otra parte, el modelo productivo está cambiando y tenemos que adaptarnos a él para ser competitivos. Tenemos que ser capaces de diseñar, producir y vender a niveles más competitivos. Hay causas exógenas que no dependen directamente del empresario, como los problemas de financiación, el precio de la energía y otras realidades políticas. Sin embargo, las empresas sí pueden aumentar la flexibilidad del horario laboral que a su vez redunda en la productividad de los trabajadores e incrementar las inversiones en I+D+i.

La empresa tiene que ser consciente de que los procesos industriales cada vez son más tecnológicos. La robótica, la fabricación aditiva o la impresión en 3D, entre otros, son los nuevos procesos industriales que englobamos en lo que llamamos Industria 4.0, a la cual hay que adaptarse sin perder tiempo. No sumarse a la Industria 4.0 conduce a la desaparición y eso lo veremos en no muchos años.

Por último, aunque quizás este punto dé para el editorial de otro número, es la importancia de adaptar la formación de los jóvenes a la realidad empresarial.
Un reciente estudio de PwC ponía de manifiesto que la industria es el sector que crea más valor añadido por unidad de trabajo, o, en otras palabras, es el sector de mejor productividad, con bastante diferencia, de la economía. La Industria es, además, el principal soporte de nuestras exportaciones, y el empleo que genera es de mayor calidad que el de los otros sectores.

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